Mientras discutes por teléfono y le explicas como verme ya no es peligroso, yo juego con mis zapatos en el pretil de la banqueta. Porque todos tememos que volvamos a caer, todos menos tú.
Trato de respirar mientras doy vueltas por este parque, despacio, porque la cabeza me da vueltas y empiezo a sentir nauseas. La convivencia es perfecta hasta que haces un comentario, de 5 a 10 palabras bastan para tirar todo el esfuerzo de la cordialidad forzada y de haberme quedado sentada ahí.
Ella no me dice nada, aunque lo piensa, mejor no hablar, así no remueve las aguas. Así no me da ideas que ella piensa aún no se me han ocurrido. Sé que no quiere que ponga en juego lo que tengo, "si supieras que hace más de un año eché toda mi vida a perder..."
Me he vuelto la otra, y oigo el celular vibrar, pero no está sobre el buró. Como me gustaría que estuviera sobre un buró, el que fuera. Sólo es la nueva mujer llamando, por séptima vez, empieza a dolerme la cabeza, de ser por mí ya hubiera contestado, pero él tiene paciencia de mártir, o de ególatra.
Voy escupiendo la noticia más dolorosa de mi vida, de mi muerte, de mi crimen. Y todo ese tiempo el celular sigue vibrando.
Miro la ventana y voy cantando aquello de "enciendo otro cigarro, el número 13..."
Es la misma pelea de siempre, el mismo modo de joder, pero esta vez no hay olla de oro al final del camino, no hay un beso robado que lo perdona todo, sin embargo yo me muero de ganas.
Se me van helando los pies, las manos, los dedos, y un escalofrío vertical me recorre el esófago.
Yo muero de ganas por sentarme ahí, por el buró, por el cigarro, por el beso y por volver a caer, por el irresistible vértigo amatorio que surge al caer, igual que al vomitar.